Sábado.

7 de abril de 2001.

Ascenso.

Son las cuatro y media de la tarde, estamos en la tercera montaña, aún nos resta un buen trecho para llegar a nuestro destino: la cima del quinto cerro. B tropieza, lo vemos caer. A y yo nos acercamos a él. No se ha hecho daño, apenas un raspón, pero las dos botellas de agua que cargaba se soltaron de sus amarres y rodaron cuesta abajo. ¡Perdón, perdón!, suplica B. Le ayudamos a ponerse de pie. Pienso: cuatro litros menos, ¡mierda, B!

Inhalo…

De nosotros tres, B es el menor, el más callado, el más manso. No salió del mismo colegio que A y yo. Se graduó de una escuela fiscal de la Villa Primero de Mayo. Lo conocimos hace un par de años, pocos meses después de formar la banda. Alguien nos habló acerca de él, nos lo recomendó. Así que le invitamos a un ensayo. Nos sorprendieron su energía y velocidad, la fuerza de sus golpes, toda su bestialidad. Cuando B toca la batería, se transforma. Y cuando bebe también. Bastan un par de tragos para que se convierta en un borracho insoportable. Por lo general se limita a hablar huevadas, pero una noche y mientras bebíamos en una plazuela, nos contó lo que había sucedido con sus padres. Nos dijo que tenía 15 años cuando ocurrió y que las circunstancias fueron raras, extrañas. Recuerdo sus ojos rojos y la mirada somnolienta; su piel marrón y brillante; el tono neutro de su voz. Dijo que sus padres desaparecieron un primero de mayo y que la policía los encontró dos días después. Bueno, no a ellos; a sus cuerpos, aclaró. Dijo que estaban desnudos y encapuchados, atados de piernas y brazos, echados de panza sobre la cama de un motel. Ese que queda cerca del Río, explicó y luego dijo: Muerte por asfixia y violación post-mortem. Calló durante unos segundos. Después gritó: ¡Salud carajo! Secó su vaso con Coca y ron. A y yo brindamos con él. Tras la muerte de sus padres, B se fue a vivir con los abuelos. Unos meses después nos conoció y entró a la banda. Nosotros le introdujimos al Black Metal, le hablamos acerca de Gaahl y la hermandad noruega; la quema de iglesias, el ritual y la misión final. Sí, es un tipo de pocas palabras. El único problema es que por lo general solo abre la boca para decir huevadas, como por ejemplo: ¡Perdón, fue sin querer!    

Exhalo…

A y yo lo ponemos de pie. Quiero gritarle que es patético, un inservible, un pobre diablo. Pero no lo hago, callo. A, en cambio, posa una mano sobre el hombro de B y, mirándole a los ojos, dice: Todo bien, hermano, todo bien. Eso basta. Gracias hermano, responde B y se abrazan. Este pelotudo es tan falso —pienso— y este otro es tan boludo, un pelmazo. Nuestros invitados se mantienen unos cuantos metros alejados. Parecen estar idos, confundidos, no comprender lo que acaba de suceder. Tengo una sospecha al respecto, pero no la manifiesto. En fin, no hay tiempo que perder. ¡Vamos, sigamos!, ordeno y eso hacemos.

Avanzamos…

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