Sábado.

7 de abril de 2001.

Caverna.

Nos desviamos de la senda principal y entramos a una cueva. La atravesamos y llegamos a la caverna. Es un sitio brutal. Un territorio prehistórico, salvaje, húmedo, selvático. Ingresar a ella es como acceder al interior de una roca inmensa, ovoide y hueca. Sus muros están cubiertos por estalactitas y enredaderas. En su punto más alto, en su cúpula, hay un orificio. A través de él penetra un haz de luz pajizo, tísico. Desde ese mismo agujero cae un violento chorro de agua que, veinte metros más abajo, impacta contra la laguna de aguas verdes, profundas y oscuras. Me quito la camiseta, los botines y los calcetines. Meto los pies al agua helada. Hundo mis dedos en la arena e inhalo el vaho de la naturaleza. ¡Ahhhh! ¡Todo lo bárbaro es bello! Cierro los ojos y estiro el cuerpo. Escucho el siseo estrepitoso de la cascada, su debacle líquida. La caída. Me relajo y esa limpieza me agrada, pero es momentánea. Me interrumpe la certeza de que algo extraño se avecina. No inquietante, no atemorizante. Solo extraño… Raro. Vislumbro el pasillo que conduce hacia la puerta e imagino que llego hasta ella. Agarro el pomo metálico… Quema…

Alguien se acerca…           

Inhalo…

De nosotros tres, A parece ser el mayor, el más rudo, el más bravo. Es un tipo raquítico y enfermizo, tanto así que sospecho que se ha contagiado de algo raro. Su cabello y barba roja son unas marañas zaparrastrosas. Tiene ambos brazos tatuados de negro por completo, y una mirada tan plana y neutra que solo transmite arrogancia. A pesar de eso, confío en él. Sé que esta noche estará a la altura de las circunstancias. Reconozco la voz de A, que me dice: Ché, mirá

Exhalo…

Cuando tocamos en vivo A menea la cabeza, golpea su bajo contra el amplificador, se baja del escenario, lanza patadas y golpes, escupe e insulta al público. Inspira respeto y temor, es cierto, pero en esta banda el que manda soy yo, en eso no hay discusión. ¡Mierda que jodés!, le digo y mantengo mis párpados cerrados. A lanza una carcajada resquebrajada, similar al tono de su voz. ¡Mirá puej!, insiste. Abro los ojos, miro a A. Sus gafas negras esconden sus ojeras. Con un movimiento de quijada apunta hacia el orificio en lo alto de la caverna. Yo quiero mandarlo a la mierda, pero no lo hago. Me contengo. Callo. En algunas ocasiones el líder de la manada debe soltar la cuerda y permitir a sus perros ladrar, aullar. Ok, le digo y miro hacia arriba. Veo el agujero y el agua que cae a través de él; y el rayo de sol, su asomo tímido; y veo algo más también… ¿Los ves?, pregunta. Sí, sí —contesto— ¿quiénes son? ¿Quiénes creés, puej? Sí, sí, son ellos, ¿quiénes más podrían ser? Reconozco el jopo del recepcionista y la postura anómala del otro tipo. El sombrero alto, las orejeras a los costados. ¡Locos de mierda!, digo; aunque en realidad quisiera decir que esto no me agrada para nada, que esta impertinencia me molesta. ¿Añá retá? —pienso— ¡esas palabras de mierda! B y los otros dos se acercan. Ellos también los ven. Deberíamos gritarles, lo sé. Tirarles piedras, ahuyentarlos. Llevo las manos hacia mi boca y al hacerlo noto que mis dedos tiemblan. Váyanse, me dice la voz en mi cabeza. Vámonos, les digo a mis compañeros y eso hacemos…

Continuamos…

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