Computadora de C.

Video en disco C y subido a blog en fecha 28 de marzo de 2001.

Sábado.

7 de abril de 2001.

Pasillo.

Exhalamos… Abrimos los ojos y vemos frente a nosotros el núcleo azul y naranja de la hoguera, y las chispas finitas que caen en cascada, destellan, flotan, vuelan. Me dirijo hacia la radio y elevo el volumen al máximo. Suenan Burzum, Emperor, Peste Noire, Gorgoroth. La música se eleva y nos rodea, se hace etérea. El humo nos inyecta toneladas de vigor. Gritamos, aullamos, bramamos. A, B, yo y los otros dos damos inicio a la danza macabra, a la celebración radiante de la maldad, nuestro aquelarre musical. Nos chocamos los unos contra los otros. Nos empujamos y golpeamos. Nos pateamos, arañamos, escupimos e insultamos. Somos energía, tierra, roca, montaña, río, lava, mar, volcán… Somos Baphomet, Bael, Azariel, Gaahl… ¡Nuestro propio Dios y Satanás!

Nos extasiamos…

Tras varios minutos A, B y yo nos alejamos de la fogata. Nos colocamos nuestras camisetas y chamarras. Encendemos cigarrillos, fumamos. Nuestros invitados, los hermanos gemelos, no cesan. Continúan con los empujones, las patadas y los golpes. Y no solo eso: incrementan la crueldad del enfrentamiento. En principio nos causan gracia, pero luego no nos divierten; porque no responden cuando les llamamos por sus nombres, y también porque a pesar de nuestros reiterados pedidos, no dan fin a la contienda. Los desconocemos. Físicamente, son los mismos: los dos muchachos rubios y pelilargos, muy chiquitos y delgados. Los dos gemelos metaleros, medio alemanes y medio bolivianos, con ese par de rostros idénticos. Los rasgos rígidos y abollados. Las salientes huesudas en sus pómulos, quijadas, frentes. Los ojos verde claro y esas miradas rapaces, tenaces. Los dos chicos de pocas palabras, aún adolescentes, colegiales. Esos que conocimos hace poco, la semana pasada, después de una de nuestras tocadas. Esos que, tras el concierto, se acercaron a nuestra mesa y nos dijeron que les gustaba la música de Inercia, y que querían unirse a la banda o, al menos, probarse. Esos muchachos a los que yo, frente a los presentes, pregunté: ¿Y acaso ya cogieron ustedes por lo menos? A lo que uno de ellos —no sé si Andreas o Jan, son tan idénticos que no los diferencio— respondió: Pregúntale a tu mamá, ella lo sabe muy bien. Todos —incluidos A y B— se cagaron de risa. Yo mantuve mis labios sellados y vi, detrás de ellos, el pasillo y la puerta cerrada al final de él. Serán estos, dijo la voz en mi cerebro. Sí, sí —pensé—, serán ellos. Exhalé, me serené. Bebí un trago de cerveza. Fumé. Me acomodé sobre la silla y los miré. Hablé: ¡Claro muchachos! ¡Por supuesto! ¡Vengan al ensayo! ¡Queremos escucharlos! Dos días después entraron a nuestra sala de ensayo. Enchufaron sus Flying V y sus parlantes a válvulas. Conectaron sus guitarras y tocaron con nosotros. Debo ser honesto: nos sorprendieron. Dentro de ellos bullía la agresividad y violencia que toda banda de Metal precisa. Pero eso no me importó, ya lo tenía decidido. Esa noche hablé con A y con B. Llevábamos años discutiendo acerca de dar el primer paso, de continuar con la misión de Gaahl. Siempre supimos que el objetivo final era inmenso, incluso imposible de alcanzar. Pero de alguna u otra manera debíamos comenzar. ¡Son perfectos! —les dije a mis compañeros—, ¡son unos niños ricos, unos pendejos! A y B estuvieron de acuerdo. Pusimos en marcha el plan. Y una semana después, ahí los tenemos: en la cima de nuestro cerro y a pocos metros del fuego. Ese par de chicos, medio alemanes y medio bolivianos. Endemoniados, eufóricos y rabiosos. Con sus puños cerrados y rastros de sangre en sus nudillos, pechos y labios. Y con los ojos más que abiertos, mucho más que despiertos…

Esperamos…

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