Viernes.

6 de abril de 2001.

Cabaña.

Son las diez de la noche, estamos en el jardín de la cabaña. Comemos carne asada, escuchamos Metal, conversamos a gritos, fumamos, nos emborrachamos. Cada cierto tiempo nos ponemos de pie y gritamos: ¡Añá Retá! ¡Añaaaá! Un gato blanco aparece. Le damos de comer fideos con alcohol. Luego llegan otros tres. A esos los agarramos, los embolsamos y los tiramos hacia el sendero, hacia abajo. En algún momento alguien apunta y dice: ¡Allá está el tipo, lo veo! Salimos de la cabaña. Bajamos por la escalinata, rebasamos la verja, recorremos el sendero. ¡Aña Retá! ¡Añá!, gritamos. ¡Vení pa’ acá! ¡No mordemos! ¡No te escondás! Luego nos detenemos y callamos. Escuchamos… El río circula y la tierra murmura. Naturaleza, penumbras y el tenue resplandor de la luna… Y algo más… Sí, la presencia de algo más… Y esas palabras… ¿Aña Retá?… Esas palabras me acorralan… Vuelvan, dice la voz en mi cabeza. Mejor volvemos, ordeno a mis compañeros y eso hacemos. Retornamos. Dentro de la casa nos sentimos seguros y protegidos. Salvos. Bebemos más Coca-Cola y ron. Eructamos, peemos, orinamos en el pasto. Escupimos, vomitamos, catarreamos. Antes del amanecer, caemos dormidos…

            Soñamos…

13/33