Viernes.

6 de abril de 2001.

Cuevas.

Estaciono la camioneta, nos bajamos. Descargamos nuestras pilchas, caminamos. Son las tres de la tarde, acabamos de llegar a Cuevas. El paisaje es el de siempre: deslumbrante y mágico. Veo los cerros erguidos, puntiagudos y frondosos; y las aguas rápidas y cristalinas del río que corre entre ellos. Las riberas están repletas con rocas de distintos tamaños, colores y formas. Todo es verde, marrón, blanco, celeste y refulgente. La oficina del eco-lodge se encuentra en la falda de una de esas montañas. Después de ella inicia el sendero que conduce a las cabañas. Abro la puerta, ingresamos a la recepción. Es una construcción circular, con muros empedrados y ventanales amplios. Su techo piramidal está cubierto por palmas secas, cientos de ellas. La única luz dentro es el resplandor que llega desde fuera. ¡Buenas tardes!, ¿¡cómo va, eh?! Mi voz retumba en los muros de piedra y el piso de madera. De pie y detrás del recibidor hay un muchacho. Es moreno y delgado. No debe tener más de veinte años. Nos acercamos. El chico luce un jopo espigado, lustroso y rígido; construido en base a paciencia y meticulosidad. Sus pantalones negros y camisa blanca parecen recién planchados, nuevos. Me detengo frente a él, al otro lado del mueble. ¿Sos nuevo vos, che? —pregunto, y apoyo mis codos sobre el recibidor—, es la primera vez que te veo. A, B y los otros dos están detrás de mí. Escuchan. El recepcionista retrocede y me examina. Observa mis botas militares y los jeans gastados. Mi barba candado y mi cabello largo, grasoso y despeinado. Los tatuajes tribales en mis hombros y antebrazos. El piercing plateado en la comisura de mi labio. Mi camiseta negra con el pentagrama rojo dibujado en ella. Mis anillos y manillas; y las calaveras y cruces invertidas que cuelgan de mis cadenas. ¡Oye! —insisto—, ¿sos sordo vos o qué? Hay gotas de sudor en su frente y también en los vellos de su bigote adolescente. ¡Hey, hey!, —grito y chasqueo los dedos—. ¡Que-re-mos-una-ha-bi-ta-ción!, ¿entendés? El muchacho reacciona. Abre y cierra cajones. Busca, hurga, remueve. Sus ademanes son urgentes y apurados, pero también sutiles y delicados. Agarra un bolígrafo y un papel, es la ficha de inscripción. Me los ofrece. Nombres e identificación, por favor… ¡Ajá! —me digo—, ¡es la voz de un pobre diablo!, ¡un pelele!, ¡un inocente!… ¡Me llamo Odín!, le miento y coloco un billete de 200 pesos encima del mostrador. El chico observa el dinero. Saca y mete la lengua. Suspira y pestañea. Guarda el bolígrafo y la hoja dentro de un cajón. Estira el brazo, toma los 200 pesos y los deposita en el bolsillo de su pantalón. ¿Necesita ayuda?, pregunta, mientras me alcanza la llave de la cabaña #22. ¡Negativ, mein lieber freund!, contesto y le quito la llave de un tirón. Doy media vuelta y miro a mis compañeros. ¡Last uns gehen, Leute!, les ordeno y eso hacemos.

Nos vamos…

¡Maricón de mierda!, digo tras cerrar la puerta. A, B y los otros dos ya están fuera. Reímos a carcajadas; sin precaución y sin cautela, con la intención de que el muchacho nos escuche y sienta vergüenza. Una vez callamos, observo alrededor. Es un día espléndido, tanto así que no hace frío o calor. Durante los siguientes cinco a diez segundos experimento algo que solo puedo describir como un desdoblamiento: aquí estoy yo, en Cuevas, este paraíso sobre la tierra, con mi camiseta negra, mi jean rasgado y mi cabellera metalera; lejos de la ciudad, la familia, la universidad, las maquetas de mierda, el tráfico, el smog; lejos de mi permanente sensación de ardor interior. La brisa de abril recorre mi cuerpo y me siento tan fresco y ligero. Tengo la inusual certeza de ser humano y de formar parte de algo. ¿Parte de qué? No lo sé, pero algo más grande que yo. Colosal e inmenso. Tal vez el universo. Pero no Dios. No. Jamás esa invención. Mañana lo haremos —susurra la voz en mi cabeza— abriremos la puerta, descubriremos lo que hay detrás de ella. Esa sola idea genera un oleaje de éxtasis que enardece mi cuerpo e inflama mi cerebro. Contemplo el rocío que flota sobre el río. Percibo la fragancia arenosa, indomable y acogedora de la naturaleza. La fosforescencia celeste del firmamento me enceguece. Todo destella. ¡Vamos, sigamos!, ordeno a mis compañeros y eso hacemos. Cargamos las mochilas, todas nuestras pilchas y recorremos el sendero angosto y recto. A mano izquierda se alza el cerro. A nuestra derecha hay columnas de árboles prominentes, centenarios, viejos. En paralelo a la arboleda, fluye el río. El impacto de sus aguas contra las rocas es obstinado, reiterado y persistente. Llegamos a nuestra cabaña, la #22. Para ingresar a ella debemos abrir una verja y subir por unos escalones hechos de piedra. Acerco mi mano a la verja, estoy a punto de tocarla, cuando de pronto: ¡Añá!, grita una voz. ¡Añá Retá! ¡Añá! Sé que ese grito viene desde fuera, pero yo lo percibo adentro, muy caliente y muy dentro. Nos damos la vuelta y entonces lo vemos: está sentado sobre un tronco cortado, bajo la sombra de un árbol. Usa un gorro negro, alto y afelpado, con orejeras a los costados. Cubre su cara con ambas manos. Tiene las uñas largas, asquerosas, llenas de barro. Retira las manos y nos muestra el rostro. Me atacan arcadas y reflujos que apenas logro contener. Pero no es su semblante lo que me pasma, sino esa mueca extraña, imposible, rara…

Observamos…

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