Diario de C.

Escrito encontrado.

Fecha sin especificar.

La tarde de ayer fui testigo de un accidente. Sucedió después de salir de clases, mientras retornaba a casa. Yo estaba de pie, al borde de la acera, a la espera de que el paso de los autos cese, listo para cruzar la avenida. Los carros iban y venían a toda velocidad sobre la vía. Aún era de día. En la calzada del frente había una familia: una mujer con su bebé en brazos, una niña sin zapatos y un perro blanco y ordinario, pero no flaco, sino bien alimentado. Aguardábamos. Ellos en su sitio y yo en el mío. El animal debió perder la paciencia porque intentó cruzar, se apresuró. No lo logró. Dio una, dos, tres zancadas y de pronto una camioneta negra lo atropelló. Imaginé al perro atrapado entre los fierros; engullido por los cilindros, rodamientos, amortiguadores, neumáticos. Escuché su chillido y lo imaginé destrozado. Pero eso no ocurrió. La camioneta frenó, la mujer y la niña gritaron, el perro se zafó y corrió barrio adentro. Pasó por mi lado, dejando un rastro de sangre por detrás. Yo alcance a distinguir sus ojos negros, negros, negros. El conductor estacionó y la familia cruzó. El tipo salió del auto y se acercó a ellos. Era un hombre obeso y moreno. Vestía de negro por completo. Parecía preocupado. La mujer y el hombre se reunieron, hablaron. Ella era normal, común y corriente, nada singular. Cabello negro y largo, cuerpo delgado. La niña le abrazaba la pierna izquierda. El bebé lloraba. Creo que fue ella —la niña— quien apuntó y gritó: ¡Allá mamá, lo veo, mamá, allá! Volví la vista hacia el sitio al que señalaba. El animal estaba a unos cien metros de distancia, tirado de espaldas, en medio de la calle. La madre empezó a correr. Al pasar por mi lado, se detuvo y me miró. Te encargo a mis hijos, dijo. Ok, le respondí. Me entregó al bebé, yo lo agarré y ella se fue. El chico era regordete y de ojos celestes. No vestía ropa, solo un pañal blanco. Tenía manchas de chocolate en sus labios. Me agaché y coloqué a la criatura sobre la acera, al lado de mis pies. La niña se me acercó e intentó tomarme de la mano. Yo crucé mis brazos. Vi a la madre correr, alzar al perro y cargarlo. La vi avanzar, con trancos desequilibrados. El hombre que conducía la 4×4 se introdujo en la camioneta, la encendió y maniobró. Supuse que se preparaba para recibir a la mujer y llevarla a la veterinaria más cercana. La niña y el bebé berreaban. La madre llegó. El animal que llevaba en brazos lanzaba al piso un líquido rojo, amarillo, blanco y denso… Babeaba, tenía la lengua fuera. Su pata delantera era solo cartílago y hueso. Vi otra vez esos ojos negros, negros, negros… El dueño de la camioneta abrió la puerta de la cabina trasera. La mujer y el animal entraron. ¡Meta a mis hijos!, me ordenó. Alcé a los niños y los introduje en la movilidad. Cerré la puerta. El hombre ya estaba sentado en el asiento del conductor. Encendió el motor, puso primera y aceleró. Los vi alejarse, a toda velocidad. Luego crucé la avenida y pasé por el lugar en el que había ocurrido el accidente. Había un charco de sangre y también un pedazo de la piel desgarrada del perro. Lo alcé y lo apreté. Aún estaba caliente. Durante el resto del trayecto a casa lo mantuve pegado contra mi nariz, oliéndolo.

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