Diario de C.

Escrito encontrado.

Fecha sin especificar.

Esto sucedió un sábado, alrededor de las tres de la tarde. ¿Cuántos años tendría? Nueve u ocho, no creo que más. Aún vivíamos en esa casa de Hamacas. Una residencia pequeña, con techo bajo y pasillos externos amplios. No había árboles, pero sí un jardín trasero con una churrasquera y una verja verde que daba a la plazuela de la cuadra. Mi padre casi nunca estaba. Los días de semana trabajaba en La Paz. El resto del tiempo lo malgastaba en casa. Durmiendo, renegando, mirando fútbol, bebiendo con sus amigos y fraternos o abrazando a la Negra, su amadísima perra. Mis hermanos mayores eran un par de desconocidos, al menos para mí. La vida se reducía al colegio y a las horas que mi madre y yo pasábamos juntos. Por las mañanas, ella me llevaba y recogía de clases. Por las tardes, yo la acompañaba adonde sea que ella hubiese querido ir. Los fines de semana nos quedábamos en casa. Ese sábado mis hermanos no estaban y mi padre se había quedado en La Paz. No recuerdo el motivo por el que entré a la habitación de mi madre, pero sí recuerdo el instante en que la vi. Ella no estaba de pie. Tampoco sentada. Se encontraba en un punto intermedio, en el espacio que separaba a su cama del tocador. Me miró. Vestía su camisón largo y blanco. Usaba sus lentes enormes, cuadrados. Tenía la boca abierta, muy abierta. Los brazos tensos y los dedos de las manos entrelazados con fuerza. En su rostro se dibujaron líneas curvas, comprimidas. Su piel se llenó de grietas. Desde su interior emergió un sonido fúnebre, patético. Un lamento deforme que duró muchos, demasiados segundos. Me acerqué, sin saber muy bien qué hacer. Ella calló y se sentó sobre su cama de dos plazas. Lloró. Yo me acomodé a su lado y la observé. Noté su espalda pálida y repleta de pecas. Los tiros del camisón dejaban sus omóplatos al descubierto. Fue agradable ver el contorno de sus senos, el indicio de los pezones y areolas bajo la tela casi transparente. Llevé mis brazos hacia ella, la apreté. Mi madre hundió su cabeza en mi pecho y sollozó. Olfateé su pelo reseco. El cuero cabelludo olía a sebo. Y así nos mantuvimos: quietos. Ella con su gimoteo y yo tieso, estático, a la espera de que finalice lo que sea que hubiese iniciado. Pensé en el bolígrafo azul que había dejado en el jardín trasero, y pensé en la posibilidad de que ese bolígrafo fuese mágico. Pensé que con un bolígrafo mágico yo tendría el poder de hacer realidad todo lo que dibujara: una radio, una pelota, un Nintendo, un Walkman. Y pensé que sería genial poseer un borrador mágico también. Mi madre se calmó y se apartó de mí. Se quitó los lentes, los soltó. Cayeron al piso alfombrado, al lado de sus pies descalzos. Vi, allí mismo, en el piso, un recorte de periódico. Viejo y descolorido. Estaba desarrugado. La noticia mostraba en primer plano el rostro de una mujer. Tenía cabellos largos y grisáceos, y una mirada capaz de atravesar el tiempo; destruirlo, romperlo. El titular decía: “Mujer envenena a cinco de sus seis hijos y luego se suicida”. Me puse de pie para recoger el papel, pero mi madre se adelantó. Se agachó, lo tomó y lo guardó en el cajón de su velador. Mientras secaba sus lágrimas, yo me alejé. Salí del cuarto, cerré la puerta, corrí hacia el patio. Agarré el bolígrafo azul y un papel. Dibujé. Al día siguiente busqué el recorte de periódico. No lo encontré.

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