Diario de C.

Escrito encontrado.

Fecha sin especificar.

Hace 10 años conocí el Metal. Mi madre y yo estábamos en el Comercial Chiriguano. Ella entraba y salía de boutiques de ropa, maquillaje y otras cosas. Yo cumplía mi rol de hijo: acompañarla en silencio, no existir. Una vitrina llamó mi atención. Exponía discos, cd´s, vinilos. No lo pensé dos veces. Me liberé de la mano de mi madre e ingresé a la tienda. La puerta detrás de mí se cerró. Mi madre se quedó fuera, no me siguió. El lugar era pequeño y resplandeciente. Estaba repleto de mostradores hechos con vidrios y espejos. Había tantos objetos dentro de ellos: camisetas, posters, revistas, discos compactos, casetes, vinilos. Yo tenía 11 años. Calzaba mocasines blancos y vestía unas bermudas plomas y una camisa de mangas cortas. Además, lucía un impecable peinado estilo hongo, el último grito de la moda. El hombre detrás del mostrador principal era gordo, desmedido, grotesco. Usaba una polera negra y tenía el cabello largo, desastrado y castaño. Su rostro fofo exhibía marcas de un violento acné mal tratado. Tenía los ojos cerrados y meneaba la cabeza de arriba hacia abajo, como si asintiese mecánicamente. Detrás de él, había un televisor. Mostraba a una banda en concierto. Las imágenes no eran claras, todo ocurría demasiado rápido. El cantante apareció en primer plano. Me pregunté si el hombre de la tienda y el que estaba en la pantalla eran la misma persona. Decidí que no lo eran y escuché. En principio no entendí muy bien, pero tuve la impresión de que eso no importaba, de que la esencia de esa música residía en la estridencia, la euforia, la ira, rabia. La venganza. Esos pocos segundos me bastaron para comprender que, una vez saliera de esa tienda, nada sería igual. ¡Arrrrghhhhh!, rugió el tipo detrás del micrófono… Su bramido me desconcertó. Como un acto reflejo, como una reacción, hablé: ¿Tiene el nuevo disco de los New Kids On The Block? El hombre me miró y me respondió con un simple movimiento de cabeza: de izquierda a derecha, dos veces, una negación. Gracias, le dije y me dirigí hacia la salida, pero me detuve en seco, di media vuelta y apunté hacia el televisor. ¿Y eso qué es, señor? ¡Sepultuuuuuura!, respondió con una gutural e inolvidable voz. Me fui. Al salir busqué a mi madre y la encontré a mano izquierda, unos cuantos metros más allá de la tienda. Estaba de pie, en medio del pasillo, con su vestido blanco y largo, su cinturón dorado, su cabello corto y castaño, su gigantesca cartera de cuero negro, y sus tacones plateados y altos, altos, altos. ¡Vieja de mierda!, dijo alguien dentro de mi cabeza, pero no fui yo quien tuvo ese pensamiento, fue otra voz. Creo que mi madre gritó, dijo mi nombre, pero no estoy seguro, yo ya estaba dentro de mi caparazón. Mi pecho se colmó de un aire tan pesado e hirviente que oprimió mi corazón. Fui consciente, por primera vez, de mi propia existencia, y asimismo de la existencia concreta y real de mi cuerpo. Ojos, manos, párpados, piernas, pene, ser. Existí… En ese momento no lo racionalicé, tenía apenas once años, pero sí intuí los límites, las fronteras, la prisión. El encarcelamiento. Entendí que no había otro camino más que la liberación. Deseé gritar y ver al mundo arder. Deseé romper los vidrios de las boutiques y quitarme los mocasines y la camisa a cuadros y tirárselos a mi madre y mandarla al carajo; exigirle que despierte, ¡de una vez por todas! ¡Mierda! ¡Mamá! ¡Despertá!… Llevé las manos a mis cabellos y tiré de ellos, con la intención de arrancarme uno a uno los pelos; para destruir ese ridículo peinado hongo, para dejar de ser una intención de persona, para convertirme en una fuerza sobrehumana capaz de aniquilar, dominar, matar… ¡¿Por qué mierda preguntaste por los putos New Kids On The Block!? —dijo la voz en mi interior— ¿Acaso sos maricón?… ¡No! ¡No soy!, grité yo… Mi madre se acercó. ¿Qué hacés? ¿Te volviste loco?, preguntó. Yo la miré y respiré. Me serené. Ella me tomó de la mano, yo se la apreté. ¡Hijo!, ¿qué te pasa? No le contesté.

24/33