Diario de C.

Escrito encontrado.

Fecha sin especificar.

La voz me despertó una semana después del episodio en el centro comercial. Ya no vivíamos en Hamacas. Nos habíamos trasladado a una casa enorme y blanca, con muros revestidos de mármol, candelabros de cristal, un comedor y una piscina que jamás usábamos, y un jardín con palmeras, mangos, robles, toborochis. Impecable. Esa noche la voz me habló. Abrí los ojos, escuché y obedecí. Salí del cuarto, bajé por las escaleras, fui al patio. Cumplí el mandato. Luego retorné a mi habitación, me acosté y dormí. A la mañana siguiente, supongo que esto fue lo que sucedió: mi padre despertó, se dirigió a la cocina, tomó la bolsa con alimento balanceado y vertió la comida en el plato de Negra. Luego salió al patio y la llamó, le silbó, pero ella —supongo— no respondió. Supongo que mi padre la vio, a lo lejos, y pensó: pobrecita, mi Negrita, todavía dormidita, tan linda. Un cosquilleo debió recorrer su cuerpo e incluso es posible que se haya dicho cuánto amaba y adoraba a su preciosa perra. Le silbó otra vez, pero —supongo— la Negra no abrió los ojos, no despertó. Es probable que en ese momento mi padre haya sospechado algo, pero —supongo— ese pensamiento no fue procesado por completo. No, aún no. Debió caminar hasta el sitio en el que dormía la perra: al lado de un seto, en medio del jardín. Supongo que se puso de cuclillas frente a ella y que le habló bajito, le dijo: ¿Negra?, ¿Negrita? Estiró el brazo y, con la punta de uno de sus dedos, la tocó. Sintió el frío y la rigidez del cuerpo tendido y —especulo, imagino— su sospecha se transformó en temor. Acto seguido, le dio unos empujoncitos y unos golpecitos en el hocico. Pero la perra no se movió, no despertó. Y así —supongo— el temor se convirtió en terror. Luego mi padre gritó; y eso ya no es una suposición porque lo escuché. Eran casi las siete de la mañana. Yo estaba despierto y a la espera, en mi cama. Escuché la voz de mi padre, como jamás la había escuchado antes: fuera de control. A continuación: el pandemonio. Mi madre y hermanos salieron de sus habitaciones. Yo me quedé quieto. Registré los pasos y los correteos. Los alaridos, la sorpresa. La confusión. La consternación. Al cabo de unos minutos me puse de pie y bajé. Salí al patio y caminé hasta el sitio donde estaban ellos. Era una mañana húmeda y vulgar, como cualquier otra, nada especial. Había charcos de agua en el pasto. Yo tenía los pies descalzos y embarrados. Vi a mis hermanos, aún en pijamas, tiesos y pasmados. Vi a mi padre, arrodillado y con su perra en brazos. La Negrita, su bien más preciado. Su compañera y mejor amiga. Un animal de raza. Una mansa y elegante doberman incapaz de provocarle daño a un humano. Un ser ya muerto, tras dieciocho años de larga vida. La perra tenía los ojos cerrados, la lengua fuera y el cuello suelto. Mi madre estaba de pie, detrás de mi padre. No lo abrazaba. Tenía las palmas de sus manos puestas sobre los hombros de su esposo. Él lloraba en serio, ella fingía hacerlo. Hice puños con mis manos y entendí —en ese momento— que el mundo le pertenece a los fuertes e indolentes; a los que abren puertas y exploran lo que hay detrás de ellas. Me supe poderoso, indestructible y omnipotente. Alcé la vista y descubrí la mirada de mi madre puesta sobre mí. Supongo que ella debió caer en cuenta de lo que había sucedido, porque en su rostro aparecieron otra vez esas líneas patéticas y tensas. Encorvó el cuerpo, abrió la boca y lanzó un chillido idéntico al que había escuchado años atrás, cuando la encontré llorando en soledad. No hablé. Solo di media vuelta y me alejé. Subí por las escaleras e ingresé a mi habitación. Cerré la puerta y abrí el cajón de mi escritorio. Saqué el casete de Sepultura y lo coloqué en el equipo de música. Me puse los audífonos, apreté playFrom the past Comes de Storms… Cerré los ojos y escuché…   

Celebré…

26/33