Blog: Somos Inercia.

Post subido el 25 de diciembre de 2000.

La música de Inercia, el metal que creamos, los instrumentos que tocamos, las enseñanzas de Gaahl, la misión que emprenderemos… Son todas piezas del rompecabezas que da forma al universo de nuestra existencia. Desde un principio concebí a la música como una herramienta, un eslabón en la cadena, una escalera. Lo intuí desde pequeño, cuando era niño. Solía escarbar entre los vinilos de mis padres. Escuchaba a los cantantes de Bossa Nova y Tango; o las obras sinfónicas de Beethoven, Tchaikovsky y otros compositores. Me tiraba en el piso de la sala y escuchaba, y mientras mis oídos disfrutaban de las melodías y armonías, mis ojos contemplaban las portadas, los artes de los discos. La Gestalt tiene razón: el ‘todo’ es más que la suma de sus partes. Una ‘forma’ es el conjunto de las estructuras que la componen. Los objetos se perciben -y por lo tanto existen- en oposición a otros. Totalidad, estructura y dialéctica, las primeras tres leyes de esa escuela. Presentí el concepto, pero debieron pasar varios años para que comprendiese el peso de la idea. Es normal, la mayoría de las personas son incapaces de asimilar las abstracciones. Solo aprecian lo tangible y evidente… El dinero y los hijos, por ejemplo. Yo tuve que coger una guitarra eléctrica entre mis brazos para que la realización se me manifestara con claridad. Tenía quince años, aún no conocía el Black Metal. En esas épocas escuchaba a Metallica, Megadeth, Sepultura, Slayer, Anthrax; todas esas bandas de Thrash. Mi madre me llevó a la tienda de instrumentos… No se trataba de un premio, yo distaba de ser el hijo perfecto. De hecho, desde la muerte de Negra, el lazo que nos unía –si es que alguna vez había existido- se rompió. O para ser más preciso: lo que se hizo trizas fue la ilusión. Ese viernes por la mañana mientras todos mirábamos a la perra muerta, mi madre me vio; es decir, me vio transparente y sin máscara; su tercer hijo, el más pequeño, su niño. Vio mi sustancia y supo quién era yo en realidad y lo que era capaz de hacer… Aún escucho, de vez en cuando y a lo lejos, el indescriptible chillido que lanzó. Nunca entendí porqué me protegió. No abrió la boca, se tragó el secreto, calló, ¿será eso el amor?… También es posible que su silencio tenga otra explicación… En fin, eso ya no importa, pero de algo estoy seguro: comprarme una guitarra no fue una recompensa. No, claro que no… Comprarme una guitarra fue uno más de sus infructuosos intentos por mantener al monstruo encerrado, dormido, controlado… ‘Escogé la que querrás’ me dijo al ingresar a la tienda y yo apunté hacia una Jackson negra. El vendedor la descolgó, la conectó a un amplificador y me la entregó. Yo me senté y la acomodé sobre mis piernas. Cerré los ojos y rasgué las cuerdas. El estallido de los parlantes onduló a nuestro alrededor. En ese momento tuve la visión: el arte que crearía rebasaría las melodías, ritmos y armonías. Iría más allá, sería un arte total. Un concepto, una idea global. Una estética para estimular la conciencia y los sentidos. Una obra tangible, una experiencia vital.

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