Blog: Somos Inercia.

Post subido el 5 de abril de 2001.

Casi medianoche, mis padres y hermanos duermen, estoy en mi habitación, luces apagadas, ventanas abiertas, la pantalla del computador alumbra mi rostro, hace escocer mis ojos, he tomado ya dos brevex y voy por mi quinta lata de cerveza, tengo los audífonos puestos y escucho –en bucle, una y otra vez- A  satire against reason, de Michael Nyman, es una obra en la que solo suenan instrumentos de viento: trompetas, trombones, oboes, tubas, saxofones; inicia con calma y segundo a segundo crece, se intensifica y potencia, hasta que finaliza con una violenta y desmesurada tristeza; es un ataque fulminante, una aniquilación que no deja tiempo para la reacción; es la marcha fúnebre de la humanidad, el lamento de los que vivimos acá, el llanto y desesperación de los que sabemos que no lograremos escapar. Abro otra lata y bebo; el trago refresca la garganta, trae calma… No espero que estas palabras logren describir con fidelidad la imagen impresa en mi mente; mucho menos pretendo transmitir con ellas el regocijo que experimento cada vez que pienso en ello… Mañana lo haremos, abriremos la puerta, la rebasaremos, daremos continuidad a lo que se inició en Noruega, cumpliremos el mandato de Gaahl e incluso iremos más allá… Estamos preparados, hemos practicado. La primera vez llevamos un gato. Unos meses después fue el turno del perro. Lo que quedó de esos animales está enterrado en la cima de ese cerro… Se acabaron los juegos, lo de mañana será diferente; marcará el inicio de todo lo soñado, la confirmación de nuestro compromiso, será la acción que completará el concepto y hará tangible la música de Inercia. Arte y vida unidas, indivisibles, íntegras. La puerta que abriremos y rebasaremos no se podrá cerrar jamás; lo sabemos, somos conscientes de eso; pero no debemos perder el tiempo en ese tipo de pensamientos; la omnipotencia está al alcance de nuestras manos, a pocas horas de hacerse realidad, a menos de cien kilómetros de distancia, en la cima de esa magnífica montaña, nuestro cementerio personal. A veces me tumbo sobre la cama, me coloco los audífonos y escucho a Gorgoroth; las guitarras son hachas, las baterías son metrallas y la voz de Gaahl… ese rugido que acaricia mis tímpanos, penetra por mis oídos… imagino su rostro blanco y negro muy cerca de mí, a mi lado, y sus labios susurrándome: muy bien, hijo mío, lo haces muy bien, muy bien… Ahora mismo, mientras escribo y la intensidad de los instrumentos de viento alcanza su máxima expresión, pienso en mis manos cubiertas de sangre y en ojos vacíos, bocas abiertas, lenguas sueltas, cuerpos mutilados, deformados. Matar a un humano… En 1973 un tipo llamado Edmund Kemper le deshizo la cabeza a su madre a punta de martillazos. Luego la decapitó, la desmembró y se comió algunas de sus partes. Años después, un periodista le preguntó: ‘¿qué sintió?’ Kemper respondió: ‘una fantástica y abrumadora pasión’. ¿Qué sentiré yo? ¿Un temblor? ¿Esa misma pasión? ¿Una excitación? Esta noche, no lo sé… pero mañana, lo sabré.

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