Prólogo

Por: Fausto Evelsham - Periodista

—¿Qué necesitas?

Que escribas el libro máximo.

¿Para cuándo lo necesitas?

Mañana, al despuntar el alba.

¿Qué sucederá si me niego a hacerlo?

Me matarán.

Y si lo hago, ¿qué me darás a cambio?

Mi alma.

¿Y qué más?

¿Quieres más, acaso?

Sí. Solo una cosa más.

—Habla.

—Que se reconozca mi autoría.

 

Damien Thorne

Un libro llamado Códex Gigas

I

Mucho ocurrió en 2001. Por citar algunos ejemplos: la sorpresiva dimisión —debido a un cáncer— del Presidente Hugo Bánzer Suárez. El atentado terrorista perpetrado contra el Comando Departamental de la Policía cruceña. El destape de la red de clonadores de tarjetas de crédito y débito; hecho que derivó en la detención, enjuiciamiento y encarcelamiento de cuatro gerentes de la banca privada y otros profesionales del rubro. El cruento motín carcelario en el que más de 30 reos de Palmasola perdieron la vida. El impactante caso del abogado que asesinó y cercenó a su novia, para luego alimentar a sus perros con partes del cuerpo. La caída en desgracia del alcalde Prince Hernández, tras descubrirse sus lazos con grupos mafiosos que se dedicaban al loteo de tierras, extorsiones, tráfico de menores y venta de armas y drogas. Sí. 2001 fue, sin duda, un año para la historia. Tal vez debido a la magnitud de los sucesos que acabo de enumerar, pocas personas recuerden que fue precisamente en 2001 cuando ocurrió el caso de los siete.

II

10 de abril de 2001. El propietario del Centro Ecológico Las Cuevas de Samaipata[1] sale de Santa Cruz de la Sierra a las ocho de la mañana y arriba al eco lodge cerca del mediodía. Le acompaña el encargado del mantenimiento eléctrico de los varios hoteles que el empresario posee.

Los dos hombres se dirigen hacia la recepción y notan que la puerta está abierta. Buscan al recepcionista y no lo encuentran. El hotelero revisa el Libro de Registros. Ni un huésped durante el fin de semana. No obstante, en el llavero de pared, falta la llave correspondiente a la cabaña #22. Salen de la recepción y se dirigen a la casa del jardinero. Tampoco dan con él. Luego van a la cabaña #22. Efectivamente, fue utilizada. Salen de la cabaña y, en el sendero, descubren huellas humanas. Las siguen. Calculan que podría tratarse de cuatro o cinco personas. Caminan, sin descansar, durante más de dos horas. Las huellas los llevan hacia la cima de uno de los cerros más altos de Cuevas. Allí ven cuatro tiendas de campaña. Tres están de pie y la otra, desarmada. Aparte de las carpas hay restos de una fogata; botellas de agua, ron, singani, tequila y cerveza (todas vacías); colillas de cigarrillos; mochilas, ropa… No hay personas.

El empresario y su acompañante divisan otras pisadas. Éstas se alejan de las carpas y descienden más de trescientos metros, por una de las laderas del cerro.

Y luego… Las huellas desaparecen.

Los dos hombres emprenden el regreso y a las siete de la noche están de nuevo en la recepción de Cuevas. Buscan otra vez al jardinero y al recepcionista. No los encuentran.

El empresario toma el teléfono y marca el número de la policía.

[1] Cuevas es un punto turístico ubicado a 20 km al sur del municipio de Samaipata y a 119 km de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Cuevas se encuentra en los valles mesotérmicos, dentro de los límites del Área Natural de Manejo Integrado Río Grande y Valles Cruceños. Está a 1.650 metros de altura sobre el nivel del mar. Sus mayores atractivos son las montañas y serranías, los pozos naturales de agua, y las cascadas –algunas con caídas de agua de más de más de 20 metros de altura-. El lugar cuenta con amplias áreas de camping y cabañas turísticas para alojarse. Sus majestuosas caídas de agua se pueden encontrar caminando río arriba por un sendero semi-despejado.

III

Conozco esos datos porque fui el reportero responsable de cubrir la noticia. Tenía 25 años e iniciaba mi carrera periodística, en el área Policial del diario Página 10. Una de mis colegas era Aradia Lilim. Incluyo su nombre en este párrafo porque si no fuese por ella, no estaría escribiendo este prólogo.

Tuve todas las primicias del caso gracias a la buena relación que había forjado con los detectives a cargo: Gabriel Sordello y Virgilio Catón.

La hipótesis inicial era la siguiente: los dos trabajadores del hotel y algunos de sus amigos decidieron acampar. Pasaron una noche en la cabaña #22. Al día siguiente caminaron hasta llegar al cerro más alto de Cuevas. Probablemente hubo algún problema e intentaron bajar del cerro. Algo debió ocurrir durante el descenso y lo más probable era que hubiesen caído al río que corría en las faldas de la montaña. Tal vez se habían ahogado; o perdido.

La investigación avanzó con rapidez. Dentro de una de las carpas encontraron un diario. El nombre del propietario estaba escrito en la primera página. A partir de ese descubrimiento, Sordello y Catón lograron averiguar los nombres de las otras personas. En total, siete desaparecidos.

Y eso fue todo lo que salió a la luz pública.

Pero había más. Mucho más.

Gracias a Catón y Sordello tuve acceso a información considerada ‘sensible y clasificada’. Por ejemplo, públicamente se dijo que, por respeto a las familias, no se revelarían los nombres de los desaparecidos. Los noticieros y diarios solo publicaron las iniciales de los siete muchachos. En realidad las identidades se mantuvieron en el anonimato porque resultó que uno de ellos era hijo de un Ministro de Gobierno.

Estos son otros detalles que jamás se informaron:

      1. El contenido del diario era, por decir lo menos, perturbador. No solo tuve el cuaderno en mis manos, sino que aún guardo copias de varias páginas del mismo. Estaba repleto de relatos, memorias, artículos, diatribas y reflexiones que solo una mente trastornada sería capaz de imaginar.
      2. El propietario del diario era el hijo del ya mencionado Ministro.
      3. Ese muchacho y dos de los desaparecidos tenían un grupo de música y escribían en una especie de blog. Un texto subido a ese sitio web la noche antes de que partieran a Cuevas sugería que la intención del viaje no era pasar un fin de semana en paz. Había —al parecer— un plan siniestro.
      4. Por último, la camioneta en la que llegaron a Cuevas había desaparecido.

Públicamente, era un caso de ‘desaparecidos’. En privado, Sordello y Catón investigaban un posible triple o cuádruple o incluso quíntuple homicidio.

Pero los cuerpos, la camioneta y el supuesto asesino nunca aparecieron. Guardé en cajas mis grabaciones, anotaciones y copias de los extractos del diario. Y así, el caso de los siete quedó en el olvido.

IV

11 de noviembre de 2021. Ya no soy periodista del área policial. Veinte años de trabajo me valieron para ser nombrado Director de Página 10. Estoy en mi oficina, es un día normal. La secretaria ingresa y me entrega un paquete. Es un sobre manila, de los grandes. Escrito a mano, leo el nombre de la remitente: Aradia Lilim, mi vieja amiga y colega. Y Directora General de la Casa Editorial Hades, la más importante del país.

Abro el paquete. Adentro hay un documento de varias páginas y también un sobre pequeño. Los saco. En la parte de atrás del sobre, dice: “Leer esto primero”.

Leo:

Querido Fausto:

Dentro del paquete encontrarás un manuscrito titulado ‘Tenemos sed’. Deseo que lo leas. Yo no suelo revisar las propuestas que nos envían a la editorial, para eso tenemos un equipo de profesionales calificados. Pero este documento no llegó a mis manos a través de los mecanismos oficiales. Así que despertó mi curiosidad. Lo leí. Seré honesta: quien lo haya escrito padece de todos los vicios de un autor aficionado. El ritmo es repetitivo y abundan cacofonías. A pesar de esos ‘crímenes literarios’, la historia me atrapó. Es potente, con saltos temporales y un final inesperado… Y un detalle más: ni bien terminé de leerla, pensé en ti. No diré más. Léelo y hazme saber tu opinión. Con cariño: Aradia.

V

Llevé el manuscrito a casa y, esa misma noche, lo leí.

VI

No sé si Tenemos sed es una broma, o el producto de una mente perturbada, o —¿será posible?— una confesión.

Al parecer, es el relato (o invento, o suposición) de lo que —posiblemente— sucedió ese fin de semana, a principios de abril de 2001, en el Centro Ecológico Las Cuevas de Samaipata.

Lo inquietante es que, sea quien sea el autor (o autora), colocó varios datos que se habían mantenido en el más estricto secreto. Detalles que solo conocíamos quiénes, dos décadas atrás, seguimos de cerca la investigación. 

Y algo más: el suceso con el que inicia el libro es real. Ocurrió. ¿Cómo es posible que ese crimen perpetrado el año pasado en Noruega tenga relación con el caso de los siete? ¿Cómo se explica que este mismo manuscrito haya aparecido, de la nada, en ese país? ¿Cómo es que los extractos del diario de Tenemos sed sean idénticos (palabra a palabra) a los del diario del hijo del Ministro?

Por eso pregunto: ¿quién escribió Tenemos sed? ¿Los detectives? Imposible. Sordello falleció hace diez años y, debido al Alzheimer, Catón no es capaz de recordar su propio nombre. ¿Tal vez alguien con acceso al diario original? Imposible. Ese cuaderno se quemó —junto a otros miles de documentos— en 2008, en el incendio que hizo desaparecer al Palacio de Justicia cruceño. ¿Quién actualizó la página web de la banda, justo en la fecha y hora exactas en que una tragedia se fraguaba a más de diez mil kilómetros de distancia? ¿Cómo llegó una copia de este mismo manuscrito a manos de Jakob Jobson?

Al terminar la lectura llamé de inmediato a Aradia. ¿Quién te dio esto?, le pregunté. Me dijo que, sencillamente, había aparecido sobre su escritorio. Y además dijo que se sentía obligada, forzada y compelida a publicar el manuscrito.

Sí. Usó esas tres palabras: obligada, forzada y compelida.

Me sorprendí a mí mismo, cuando dije: Aradia, tengo que escribir el prólogo.

VII

Antes de empezar a redactar este texto estuve sentado e inmóvil, durante un par de horas, frente a la pantalla de mi computadora. Miraba la página en blanco. Me sentía incapaz de mover un dedo, de acercar mis manos hacia el teclado, de escribir una letra, una palabra, una frase completa. Eva Sofía, mi esposa, debió notar la ansiedad en mi mirada. ¿Qué te pasa?, preguntó. Ella estaba radiante. Brillante. Todo un contraste, comparada con mi semblante. ¿Todo bien?, me preguntó. Quise contestar, hablar. Pero me atraganté. Balbuceé. ¿Qué te pasa?, preguntó otra vez. Parecía más entretenida que preocupada. Yo respiré. Me serené. Hablé: No sé por qué hago esto… (Mientras hablaba, un hilo de baba comenzó a resbalar desde la comisura de mi labio izquierdo). No lo sé, no sé… Mi esposa se acercó… Lentamente. Paso a paso. Apoyó sus codos sobre mi escritorio y me miró directo a los ojos. Intenté mirar para otro lado, pero no pude hacerlo, los ojos verde claro de Eva Sofía me habían hipnotizado. ¿Te refieres al prólogo?, preguntó. Su aliento tibio acarició la punta de mi nariz. Sus labios carnosos y rosáceos me hicieron aguar la boca. —le respondí—, el prólogo… (El hilo de baba llegó a mi quijada). Eva Sofía extendió su brazo y, con la punta de su índice, quitó de mi rostro esa saliva triste. Luego introdujo ese dedo a su boca y chupó la sustancia asquerosa y viscosa. Awwww, Fausto… Fausto, Fausto, Fausto… Dejó de chupar y, sin dejar de mirarme, dijo: Abre la boca. La abrí. Ella acercó su mano a mi boca y, con sus dedos índice y pulgar, apretó la punta de mi lengua. Tras eso, introdujo el meñique, el dedo medio, el anular. Y sin darme cuenta, tenía de pronto su mano entera dentro de mi boca. Un puño cerrado que ocupaba todo el espacio, desde la punta de la lengua hasta la pared del paladar. No sé cuánto tiempo duró ese juego. Finalmente, Eva Sofía sacó su mano e irguió el cuerpo. Sonrió y chasqueó los dedos. ¿Te digo algo? —dijo—. No te preocupes tanto, Fausto. A veces, las personas hacemos las cosas sin saber muy bien porqué…

Se fue.

Y luego escribí este prólogo.

Y ahora mismo lo enviaré a Aradia, por mail.

Domingo, 15 de noviembre de 2021.

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