Domingo.

8 de abril de 2001.

Sed.

Sucedió así: eran las once de la noche, la música ya no sonaba, el casete había llegado al final de la cinta, un sonido blanco salía de los parlantes de la radio. ¿Estos jalan?, preguntó B. Los hermanos estaban de pie, uno frente al otro, pocos metros los separaban. Había en ellos algo más que perverso. Sí, yo creo que jalan, se respondió a sí mismo B… Los gemelos se atacaron. ¡Scheisse!, gritó una voz. Un puño golpeó una quijada, un cuerpo tambaleó, gotas de saliva y sangre salieron escupidas desde un par de labios. ¡Räudiger hund!, gritó otra voz…  Ya vengo, dijo A. Lo observé. Fue a su tienda de campaña y la abrió. Entró. Segundos después, retornó. Se paró a mi lado, me sonrió. Muy bien, muy bien, pensé. Encendí un cigarrillo. Fumé… Uno de los gemelos escupió y el otro arremetió… Una boca mordió un pecho. Incrustó los dientes, penetraron la piel. ¡Verdammter schwanz!, gritó una voz… Yo creo que son pepas, dijo A. Puede ser, puede ser, respondió B… Un par de manos se aferraron a una espalda. Los cuerpos se abrazaron y cayeron a la grama. Yo retrocedí y saqué la linterna de uno de los bolsillos de mi chamarra. La encendí y di media vuelta. Iluminé. Solo distinguí las carpas y la silueta de nuestra bandera. Nada más. Vacío. Oscuridad. Y esas palabras… Esas palabras que me atenazaban… Lo de esta noche no es un juego, dijo la voz en mi interior. Un aire helado sopló a mis espaldas.

Tiré el cigarro y lo aplasté.

Temblé…

Al cabo de un rato, los gemelos se calmaron. Bajaron los brazos, se acercaron. Se abrazaron. Se besaron. ¡Ah, mein brüder hund!, dijo uno de ellos. ¡Ah, mein lieber Kain!, respondió el otro. A, B y yo solo miramos. Los hermanos se tomaron de las manos. Caminaron hacia la fogata y se sentaron frente a ella. Sus brazos y piernas cruzados, los pies descalzos, sus melenas hechas greñas, sus torsos desprovistos de camisetas. Ahora, ordenó la voz en mi cabeza. Vamos, les dije a mis compañeros y eso hicimos. Nos aproximamos a la hoguera y nos sentamos al otro lado del sitio en el que se encontraban los gemelos. No hablamos. Esperamos… ¿Saben cuántas botellas nos quedan?, pregunté a A y a B. No sé, dijo B. ¿Dos?, erró A. Ninguna, dije yo. ¿Cómo que ninguna?, preguntó A. Hagan cuentas, puej… No hablaron… B tumbó las suyas y ya nos bebimos las mías y las tuyas, expliqué. ¿En serio? —dijo B, ¡mierda!, ¿qué vamos a hacer? Ya, ya, no importa —dije yo— ya veremos qué hacer. Callaron… Al otro lado de la fogata, frente a nosotros, los gemelos tenían los ojos cerrados. ¿Sus cuchillas?, pregunté. A y B dijeron que las tenían. ¿Y el machete?, pregunté. En mi espalda, dijo A. Muy bien, bien… Suspiré. Me puse de pie. Miré a A y a B. Sabíamos qué hacer. Metí mis manos en los bolsillos de mi chamarra y caminé. Rodeé la fogata, hasta llegar a los gemelos. ¡Hey!, ¿wie geht’s?, les saludé. Los hermanos alzaron las miradas, me vieron. Murmuraron algo. Segundos después, se acercaron A y B. Conversamos. Fue sencillo convencer a los hermanos de ir a su carpa para buscar sus botellas con agua. Se levantaron. Nosotros les cedimos el paso. A, B y yo no hablamos, solo les seguimos y respiramos. Llegamos a su tienda de campaña. Los gemelos se agacharon. Intentaban abrir la carpa, pero la oscuridad les dificultaba encontrar la cremallera. Enciendan sus linternas, dijo uno de ellos. No podemos ver, dijo el otro. Agarré mi linterna e iluminé. Distinguí, en la penumbra, la espalda de uno de los gemelos. Arañada, raquítica, sucia. Puro carne y huesos. Un esqueleto entregado y desamparado, al alcance de mi mano. Hacelo, me ordenó la voz. Metí la otra mano al bolsillo de mi chamarra. Empuñé la cuchilla y la saqué. Elevé el brazo. Fijé la mirada en el objetivo y ataqué a la altura del cuello, justo bajo el cráneo de ese gemelo. Mi mano empujó y la cuchilla penetró. El muchacho no gritó, se quedó tieso. Regurgitó. Su cabello rubio se enrojeció. El otro gemelo empezó a extender sus brazos. Vi sus ojos abiertos y tuve la impresión de que ya no eran verdes, sino negros, negros, negros. A y B se abalanzaron sobre él. Apagué la linterna y la tiré.

Iniciamos…

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