Viernes.

6 de abril de 2001.

Sendero.

Son las tres y media de la tarde. A, B, yo y los otros dos estamos en el sendero. A nuestras espaldas: la verja cerrada. Frente a nosotros: ese tipo, el desconocido. Lo miramos. No habla, no se mueve. Solo está ahí, sentado. Parece adolescente, aunque tal vez sea mayor. Viste buzo negro y usa sandalias de cuero. Sus pies me recuerdan a bloques de cemento. No es enano, pero sus chancletas no llegan a tocar el suelo. Y esos ojos tan pequeños… ¡Añá Retá!, grita de nuevo. Nosotros retrocedemos. El sujeto frunce la boca, abre y cierra los párpados, zarandea el cuello, se quita el gorro y lo tira al suelo. Ese cabello rizado, rojo, disparejo… Y sobre sus mejillas: un par de chapas insólitas, ridículas. Aparte de eso, su rostro es el de una persona normal, común y corriente, nada especial. Pero esos gestos… Un esperpento.

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