Viernes.

6 de abril de 2001.

Sendero.

¿Qué dice?, pregunto y mi voz suena endeble, pusilánime, infantil… El hombre me mira, encorva la espalda, aprieta el brazo izquierdo contra las costillas, estira el derecho, me apunta y grita: ¡Añá Retá! ¡Añá! Sé que nada ha cambiado, que el mundo no se ha dado vuelta, que todo sigue en su lugar correcto, pero algo en mi cabeza se desbarajusta y tambalea… ¿Es opa o está loco?, pregunta A. No lo sé, responde B. Tengo la impresión de que no hay paz en él. Sus piernas, brazos, torso, ojos, labios, manos… Cada una de sus partes se agita y menea de forma autónoma, independiente e incoherente. A, B, yo y los otros dos nos quedamos quietos y asombrados frente a semejante…, ¿ser humano? El tipo cierra los ojos, suspira, cruza los brazos y parece olvidarnos, hacer de cuenta que no estamos. Aprovechamos esa distracción. Agarramos nuestras mochilas y nos damos la vuelta. Abro la verja y subimos por la escalinata de piedra. Llegamos a la cabaña. Es una casa pequeña y de una sola planta; con muros blancos y tejas anaranjadas en el techo. Las ventanas y puertas de madera parecen viejas, descuidadas. Tomo la llave y despego. Abro… A, B y los otros dos entran. Yo me quedo afuera y miro hacia lo bajo, hacia el sendero. El hombre se ha ido, ya no está sentado sobre el tronco cortado. Entre los cerros y a lo largo del río, crece un vacío. Imagino un abismo plomizo, sinuoso, espeso. Por un segundo, me parece que nada se mueve. Hemos estado tantas veces en este lugar, pero la voz en mi cabeza me dice que ahora las cosas serán diferentes. Muy diferentes…

Entramos…

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